Del imaginario IV

En un sector rural de la comuna Chaitén, un hombre conversaba con su vecino. Era de noche y caía una fina llovizna. El calor de la cocina y el mate, sumado al decreciente interés de la conversación sostenida, le estaban provocando sueño. Decidió, entonces, marcharse a su casa, ubicada a no más de 200 metros de allí.

Estaba muy oscuro, pero él se sabía el camino de memoria. Treinta y cinco años viviendo ahí le hubieran permitido hacer el trayecto incluso con los ojos vendados. Pero a los pocos segundos ya entendió que algo raro sucedía. Esas referencias, esas señales que le guiaban siempre en su vuelta a casa, ya no estaban. ¿Dónde estaban el arrayán y el viejo coigüe? ¿dónde la piedra en la que siendo pequeño solía trepar? ¿dónde el ruidoso arroyito?  La senda no era la de siempre. Muchas vueltas dio y no supo bien por cuánto tiempo, hasta que, finalmente, halló su casa. “Cosas de brujos”, pensó. Y algo contrariado, decidió acostarse de inmediato.

No bien hubo apagado la vela, comenzó a escuchar fuertes ruidos en la cocina. Sentía que movían la mesa y las sillas, sacaban platos y servicios, quebraban vasos y rasgaban los papeles que, por esos días, había pegado en la pared para combatir el viento y el frío. Se cubrió la cabeza con la almohada y las frazadas, intentando no escuchar nada más para que el terror no terminara de apoderarse de él. Pero no había modo: el nivel de destrozos estaba siendo muy grande.

Haciéndose de valor decidió levantarse y defender con todo su escaso patrimonio. Tomó el machete que solía dejar al lado de su cama, encendió la vela y paso a paso se comenzó a acercar a la cocina. De improviso, el ruido cesó. Esperó un momento y, decidido, con el machete levantado, entró. 

Un frío inmenso recorrió su cuerpo… la luz tenue de la vela iluminó la pieza y no había vasos rotos ni desorden ni restos de papel… todo estaba en su lugar. Sin embargo, allá, en el rincón más oscuro de la sala, algo se movió. De  pronto, la imagen de su madre vino a su mente y recordó un consejo: a los brujos se les espanta echándoles garabatos. Comenzó entonces a maldecir a “esa cosa”, como nunca había ofendido a nadie en su vida… violentamente, sin pausas, gritando casi. Luego de sentir un extraño y escalofriante grito, todo quedó en silencio. Recorrió temblando toda la pieza. Mágicamente se había librado de él. Dio un último vistazo, hizo la señal de la cruz y se fue a acostar, ahora ya muchísimo más tranquilo.

(Recopilado por LAST en Educación de Adultos, Liceo Italia. Fotografía: Palvitad amaneciendo, Viviana Valenzuela Sch.)