Fray Conrado Oyarzún Ampuero

Poeta fundacional de Chaitén

En el año 1946, Fray Conrado Oyarzún O.F.M. publica en la imprenta y editorial San Francisco, de Padre Las Casas, Flores de Primavera. El texto original, de 204 páginas, aborda desde la lírica –en forma de tercetos, serventesios, redondillas, coplas y otras– temáticas diversas relacionadas al arte, a su fe, a lo familiar, a la naturaleza, a la patria, etc.

Desde nuestra perspectiva, la mayor importancia de este libro radica en un poema de 72 estrofas llamado El Poema de mi Tierra. Allí el sacerdote-poeta, en octavillas y octavas italianas, nos canta, en primera persona, la travesía que, en una goleta, y en los primeros días de septiembre de 1921, hizo él y su familia, los Oyarzún, de Achao, junto a los Pérez y los Ampuero, de Dalcahue, a la costa de lo que por esos años se denominaba Chiloé Continental, con la finalidad de instalarse y dar inicio al poblamiento definitivo del sector.

Su obra, en estricto rigor, es el primer registro literario e histórico de la fundación de nuestra comuna y, por lo tanto, parte central de nuestro patrimonio cultural y fuente primera de identidad.

¿Quién fue Fray Conrado?

José Gustavo nace en Achao el 10 de agosto de 1916 en el seno de una modesta familia de campesinos. Es el cuarto hijo de don Félix Oyarzún Córdova y doña Felicita Ampuero Pérez, un matrimonio que parece encarnar los valores tradicionales de la cultura chilota: honrados, sencillos, trabajadores, muy creyentes, solidarios y con un alto sentido familiar.

Si bien su primera niñez estuvo marcada por las necesidades materiales, el amor y la sólida formación moral y religiosa recibida en el hogar, fueron forjando en él un espíritu muy especial. En esos años, podemos imaginarlo jugando y paseando por la playa; encaramándose a manzanos y ciruelos; acompañando a don Félix a las siembras y a la ordeña; rezando el rosario por las tardes junto a sus hermanos Mercedes, Purísima y Felipe; y, por supuesto, maravillándose en las tardes de lluvia, milcao y mate, con las viejas y aterradoras historias de brujos, animales fabulosos y barcos encantados.

Pero llega la década del 20 y la situación económica se torna más complicada. Su padre considera, entonces, la posibilidad de emigrar. Decide, junto a otros dos jefes de familia de Dalcahue –los Ampuero y los Pérez– cruzar el golfo e instalarse en un campo de aproximadamente 700 hectáreas que los padres de doña Felicita tenían en Chiloé Continental y que, según lo que decían, correspondían a títulos otorgados por el mismísimo rey de España. Así, en una sobrecargada embarcación a vela, emprenden el viaje.

El 12 de septiembre de 1921 llegan a la costa de Chaitén Viejo. La impresión que el lugar provocó en el corazón y la inteligencia de este niño de 6 años, fue definitiva. De ahí en adelante, el mar y los ríos, las montañas y los volcanes, los bosques y la rica fauna local, serán su Paraíso en la tierra, el refugio ideal para su cuerpo y su alma. La primera vivienda, frente al mar, es precaria: paredes entretejidas con ramas y paja, piso de tierra y techo de canutillo. Es un tiempo de grandes carencias. Los niños, descalzos casi siempre, en interminables juegos, re- corren los mallines, playas, pampas y bosques. Los adultos trabajan comunitariamente, de sol a sol, limpiando, talando, cercando, drenando… Jornadas duras, pero cargadas de esperanza.

José Gustavo está feliz. La maravilla de la creación, con su magnificencia y sencillez, sus agudos contrastes, sus va- riadas formas, colores y sonidos, ya comienza a insinuarle un camino, pero en códigos que aún no acierta a descifrar.

Transcurre un par de años y los padres, dándose cuenta de las capacidades del joven, deciden enviarlo a Curaco de Vélez, a estudiar. Con pesar deja su tierra. Allá, en Chiloé, están sus hermanos mayores y su tío sacerdote Germán Ampuero, con quien, sin embargo, no tiene una relación muy cercana. Vive en una pensión. Las cartas a su familia son constantes. Allí les cuenta de sus progresos, dificultades y necesidades, y, pasado algún tiempo, de su intención de entrar al colegio franciscano de Castro.

Ha comprendido ahora que la forma de entender su fe, su relación con los hombres y la naturaleza, se identifican y adquieren sentido pleno en las enseñanzas de San Francisco de Asís. Esta opción llena de orgullo y contento a sus padres y hermanos menores Custodio, Germán, Juan, Antonia, Pedro, Adela e Isabel. Su ingreso a la Orden Franciscana ocurre el 8 de febrero de 1935. Un año después, el 10 de febrero, emite sus votos temporales.

En este período de su vida, además del fervor místico, se comienzan a desarrollar con mayor fuerza, esos otros lenguajes que le permiten expresar su rica sensibilidad: la música, el tallado, el dibujo, la pintura y la poesía. En el perfeccionamiento de estas artes, son fundamentales, en distintas etapas de su formación, los aportes de otros hermanos franciscanos: en literatura, Raimundo Morales; en pintura y dibujo, Angélico Aranda y Leonardo Browne.

El rigor de su formación sacerdotal le impide visitar a su familia en Chaitén Viejo. Le cuentan que ya hay nuevas familias, que han sembrado papas y trigo, que ha llegado una profesora, que sus hermanos menores están estudiando… y que le extrañan.

El 5 de marzo de 1939 hace sus votos solemnes, y siguiendo la tradición franciscana, cambia su nombre al de Fray Conrado. En 1940 es enviado a seguir sus estudios en el Teologado Franciscano de La Granja. Allí comienza a publicar sus poemas en la revista Albores Franciscanos. Sus habilidades manuales sorprenden a todos: talla un Cristo y, construye, con muy pocas herramientas, un hermoso violín de impecable sonido.

El 24 de diciembre de 1943, ocurre un hecho que dejará profunda huella en su corazón y en su poesía: de paso por Osorno, cuando todos duermen, se incendia el convento franciscano. Mueren 15 niños.

Asumiendo este dolor, regresa y continúa con su formación teológica y filosófica. También retoma sus afanes literarios. Así, y como lo anuncia una revista de 1945, se representa en un teatro de La Granja, De Musulmán a Misionero, texto dramático, por ahora, desconocido.

En 1946, siendo todavía estudiante, reúne sus poemas y publica en la Imprenta y Editora «San Francisco» de Padre Las Casas, su libro Flores de Primavera, prologado por don Pedro Barrientos Díaz.

El 21 de septiembre de ese mismo, recibió, finalmente, la ordenación sacerdotal.

Ahora sí puede volver al lugar que tanto ama. Lo acompañan varios frailes franciscanos y amigos de Chi- loé. Su casa es una fiesta. Allí realiza sus primeras misas, con la presencia de todos los vecinos del sector. Sus hermanos menores, al fin lo conocen. Admiran su humildad, bondad y alegría; se divierten con sus bromas; y, cómo no, acompañados del violín, aprenden contagiosas melodías populares y religiosas. Esos 15 días son imborrables.

Pero Conrado debe partir una vez más. Ha sido destinado por la Orden, a servir en el Colegio Seráfico de Osorno. Los próximos 5 años entrega, a los jóvenes estudiantes y sus compañeros de fe, los rasgos más cautivantes de su personalidad: su pasión por Cristo, el amor por la naturaleza, el arte, la paz y el bien.

El 20 de agosto de 1949 sufre otro gran dolor: muere su padre. Viaja por unos pocos días a consolar a su madre y hermanos.

En el verano de 1951, después de visitar Chaitén Viejo, enferma gravemente. Doña Felicita recibe un telegrama y acude a verlo. Está en cama, en su celda y apenas la reconoce. El diagnóstico de los médicos es lapidario: la Mycobacterium tuberculosis se ha diseminado. El día 1° de febrero, y cuando aún no cumple 35 años de edad, la meningitis acaba con su vida.

Fray Conrado Oyarzún Ampuero está sepultado en Cementerio Católico de Osorno, en el mausoleo de sus padrinos.

(LAST: Biografía publicada en la reedición de Flores de Primavera, Valdivia, Ediciones El Kultrún, 2007)