Del imaginario II

Juan Pescador

“Hace ya un buen tiempo atrás, vivió en Chaitén un hombre al que todos llamaban Juan Pescador. Compartía una humilde casa muy cerca del mar con una mujer que raramente se dejaba ver en el pueblo. 

Cuando el tiempo y la marea lo permitían, Juan salía a pescar o a mariscar para luego vender o permutar el producto de su trabajo a los pocos vecinos que por ese entonces aquí radicaban; cuando no, dedicaba sus horas a su otra gran afición: beber alcohol, lo que –obviamente- lo sumía más profundamente en su miseria.

Pero de un día para otro, su suerte pareció cambiar. Se le veía con mucho dinero, comprando todos aquellos productos que normalmente no consumía, y, por supuesto, invitando a todos sus amigos de borrachera a interminables ejercicios etílicos en los bares del pueblo. Fue precisamente en una de esas jornadas, y ante la insistencia interesada de sus acompañantes, cuando relató por primera y única vez, con la claridad que era de esperar en alguien que ya tiene en la sangre muchos grados de alcohol, que su actual fortuna era producto del fortuito hallazgo de un “entierro”. 

Era el día de su santo y necesitaba unas cuantas monedas pa’ celebrar. Ya era tarde y decidió salir a pescar al sector del faro, y por un camino que nunca nadie hacía, tropezó de pronto con un trozo de fierro enmohecido. Se agachó y pudo comprobar que era parte de una estructura mayor cuya punta comenzaba a asomarse entre la hierba. Intrigado comenzó a cavar con sus propias manos y lentamente fue apareciendo un cofre. Una vez que lo pudo sacar completo, no le fue difícil romper su tapa…. y, a pesar de que ya había oscurecido, el reflejo de cientos de monedas de oro, piedras preciosas y otros objetos iluminaron su incrédulo rostro. Miró para todos lados. Sí, afortunadamente, nadie andaba cerca. “¿Me las llevo ahora?” – pensó. “No. Pesan mucho… y además, la vieja, si las ve, me las quitará pa’ que no tome… y capaz que se arranque con todas ellas”. Se echó varios puñados de monedas en los bolsillos y volvió a enterrar el cofre, tapándolo muy bien con hojas y ramas. 

¿Pero dónde queda, Juan? ¿dinos en qué lugar está enterrado? –preguntaban una y otra vez con los ojos brillantes de codicia sus amigos. Pero Juan no agregó nada más.

Nadie volvió a escuchar esa historia de sus labios. Muchas gentes, furtivamente, iban al faro a buscar el tesoro, pero sin resultados positivos.

Un día cualquiera, Juan desapareció y lo hallaron muerto cerca de su casa. Nunca se pudo determinar la causa de su fallecimiento. Su mujer, enterada ahora de la fortuna que manejaba a sus espaldas su marido, comenzó a buscarla… sacó las tablas del piso, de las paredes, dio vuelta el patio… ¡y nada!  Juan se había llevado a la tumba el secreto.

Los viejos del pueblo aseguran que en la Noche de San Juan, y puntualmente a las 12, muy cerca del faro se enciende solo por algunos segundos una misteriosa luz que marca precisamente el lugar donde se halla el resto del tesoro. El que esté atento, logre verla y ubicar el lugar exacto, podrá transformarse en millonario”.

(LAST: Relatos aportados a la asignatura de Lenguaje por alumnos de Educación de Adultos del Liceo Italia)